Estar en una relación donde el amor ya se extinguió, pero el compromiso sigue en pie, es como vivir en una casa que tiene todas las luces encendidas pero está, en realidad, vacía. Te levantas cada mañana y cumples con los rituales: el beso de buenos días, las preguntas de cortesía, los planes a futuro... pero nada de eso resuena en tu interior. Cada gesto de afecto que recibes de esa persona se siente como una deuda que no puedes pagar, y cada palabra cariñosa que tú pronuncias suena, en tu propia cabeza, como un eco hueco.
La injusticia de la "Presencia Ausente"
Lo más doloroso de esta situación es la omnipresencia del otro. No de quien está sentado frente a ti, sino de quien habita en tu mente. Amas a otra persona y, por lo tanto, comparas cada silencio, cada risa y cada mirada. Es una traición invisible que ocurre en el pensamiento mil veces al día.
A veces nos quedamos por lástima, por miedo al caos o por no ser "el malo" de la historia. Sin embargo, hay una crueldad oculta en la permanencia:
El peso de la máscara
Al final, amar a alguien más mientras estás con otra persona es vivir en una sala de espera eterna. Y la vida es demasiado corta para pasarla esperando a tener el valor de ser fiel a lo que dicta tu corazón.
Es una carga muy pesada la que describes. Si necesitas desahogarte más o quieres que exploremos por qué sientes que no puedes salir de ahí todavía, aquí estoy.

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